En España, un 14 de marzo de hace seis años entraba en vigor el estado de alarma por la pandemia de covid-19 y se decretaba el confinamiento general. La población vivía una medida que sonaba a épocas pasadas; durante meses, esperábamos las cifras de fallecimientos e incidencia del coronavirus, nuestra forma de vida dependía de ellas. Hoy, apenas unos años después, el SARS-CoV-2 sigue circulando, causando muertes y enfermedad, pero ya no genera alerta informativa y su seguimiento estadístico se ha diluido como una infección respiratoria aguda más, junto con la gripe y el virus respiratorio sincitial (VRS).
El miedo al covid -finalmente, ha cuajado su masculina: casi no se oye “la” covid, aunque sea una enfermedad- ha sido sustituido por la fatiga pandémica, eufemismo del hartazgo generalizado hacia todo lo que tiene que ver con el covid y sus medidas preventivas.
Pero aunque lo intentemos, no se puede esconder al virus debajo de la alfombra. El coronavirus SARS-CoV-2 sigue circulando y no está exento del riesgo de enfermedad grave y de muerte, si bien se haya mitigado por la exposición global al virus y las vacunas. También está posibilidad de que su infección deje huella más allá de la fase aguda, lo que se conoce como covid persistente o long covid, cuyo día mundial, por cierto, se ha fijado el 15 de marzo.
La viróloga del Centro Nacional de Biología, del CSIC, Isabel Sola, una de las mayores expertas en coronavirus, a los que lleva investigando desde hace décadas, apunta a este periódico que el SARS-CoV-2 se ha vuelto endémico, sin una estacionalidad tan marcada como la gripe, aunque con repuntes en invierno y verano asociados a la intensificación de contactos propios de esas fechas. En países como Estados Unidos, donde aún se publican algunos indicadores específicos, las cifras oficiales siguen mostrando un impacto nada desdeñable (20.000 personas fallecidas por covid en 2025). “Aunque la población ha ganado inmunidad gracias a la vacunación y a las sucesivas infecciones, el virus sigue circulando y mantiene su capacidad de provocar enfermedad grave y muerte, sobre todo en personas no vacunadas o con comorbilidades o factores de riesgo”, expone.
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