"No hay peor seguridad que la falsa sensación de seguridad". No voy a pretender un análisis profundo de la debacle que está ocurriendo en la India con el coronavirus; desconozco demasiado de su sistema social. Aparentemente, el factor fundamental es una combinación lineal de pobreza, hacinamiento y creencias religiosas que hacen que cualquier intento de política profiláctica sea inviable. Pero hay un problema adicional, y es cuando esas políticas profilácticas se basan, además, en promover desde el gobierno pseudoterapias como la homeopatía o su Medicina Tradicional India, la popular Ayurveda.
Como he expuesto a menudo, los países con una altísima población (léase la India y China, principalmente) tienen en común una imposibilidad física de cubrir económicamente (al menos con su sistema actual) los costes de una sanidad pública de calidad como la que tenemos la suerte de disfrutar en nuestro país, pese a su desmantelamiento sistemático en cuanto a recursos y maltrato a sus profesionales. Para paliar este problema (o más bien, el problema de rebeliones o levantamientos populares al saberse dejados a su suerte ante un problema de salud), también tienen en común la adopción de un sistema de creencias terapéuticas altamente arraigadas en costumbres milenarias propias de tiempos medievales, basadas en dietas, plantas y todo tipo de prácticas. Prácticas que, entiéndaseme bien, quizá pudieran tener algún sentido en su tiempo, pero que tras años y años de teléfonos locos y la intromisión de intereses espurios (como el bien documentado caso de Mao Tse Tung en China para usarlo como soflama partidista en contraposición a la 'medicina occidental'), lo mejor que se puede decir de ellas es que son anacrónicas, y lo peor, inútiles y hasta tóxicas, cuando no ecológicamente desastrosas.
Los artículos científicos sobre la adulteración con metales pesados, alcaloides y hasta medicamentos reales de la medicina ayurvédica abundan (al igual que ocurre con muchos supuestos remedios chinos, en su búsqueda de que parezca que “hacen algo”). Esto, de por sí, ya es un riesgo para la salud individual de sus casi mil millones y medio de personas. Gente que, como tantas veces he escrito en esta columna, cree que está haciendo algo por su salud, e ignora, retrasa o rechaza los tratamientos efectivos, caso que pudiera acceder a ellos.
¿Qué ocurre cuando ya no es solo la salud individual la que está en riesgo sino la colectiva? Que cuando les prometen que con ciertas plantas, sustancias u homeopatía, pueden prevenir y hasta curar el coronavirus, quienes confían en esos mensajes bajan la guardia, creyéndose protegidos. Lo mismo que ocurre, sin irnos tan lejos, con los discursos negacionistas que tenemos aquí y las promesas de curación con lejías como el dióxido de cloro. Allí, por supuesto, tampoco están faltos de charlatanes que niegan la enfermedad, e incluso alguno de ellos ha tenido repercusión mediática por terminar muriendo por coronavirus de forma más absurda y terrible en un contexto en el que el problema ya no es solo de camas sino incluso de oxígeno. Aquí, la sociedad no está teniendo de momento esa suerte con sus charlatanes patrios, y no es porque algunos no intenten tener esa cita con Darwin. Pero, como siempre, el problema no es solo el charlatán en sí, sino todo el grupo que le sigue al abismo, y que a veces es quien muere (o dispersa la enfermedad y mata a otros que ni siquiera comulgaran con sus abyectas creencias) mientras el gurú de turno se marcha de rositas (normalmente, con la cartera del adepto).
Para evitar el auge de los problemas que ya estamos padeciendo actualmente, necesitamos reforzar legalmente la Seguridad Pública en España en asuntos de salud, persiguiendo la difusión pública y privada de desinformación grave. Incluso sin que se puedan constatar daños personales concretos, como ocurría antes de su cambio legislativo hace unas décadas. Junto con la tipificación como delito de la persuasión coercitiva, fundamental para los mecanismos de engaño de las sectas destructivas y muy común en pseudoterapias, quizá podamos evitar un buen puñado futuro de muertes y muchos más de afectados, para los que estas medidas ya no llegarán a tiempo en esta pandemia.
En la India, me temo que probablemente el problema lo hubieran tenido igual antes o después. Pero quizá alguien hubiera sido más consciente de su vulnerabilidad, y hubiera intentado tomar medidas de protección reales… si se lo hubiera podido permitir.
Estos días la India se ahoga, literalmente. La pobreza económica, mata. La pobreza mental inducida por desinformación en salud, también.
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