Durante más de un siglo se ha hablado de cambiar la educación médica. La diferencia, para Alberto Puig, decano asociado de Formación Médica de Grado de la Facultad de Medicina de Harvard, es que ahora las razones para hacerlo se han multiplicado y han confluido al mismo tiempo. El conocimiento médico crece a una velocidad difícil de abarcar, la tecnología ha transformado nuestra relación con la información y las ciencias cognitivas han puesto patas arriba algunas certezas sobre cómo aprendemos.
El resultado es una pregunta que va bastante más allá de actualizar un plan de estudios: ¿qué necesita realmente llevar un médico en la cabeza? Para Puig, desde luego, no lo mismo que hace veinte, diez o incluso cinco años. "No hay que memorizar lo mismo, hay que razonar", explica a Diario Médico tras hacer la ponencia inaugural de la jornada Repensando la Medicina, organizada en Madrid por la Universidad de Navarra. Eso no significa desterrar el conocimiento ni los conceptos básicos, imprescindibles precisamente para poder razonar, sino asumir que la explosión de la información ha cambiado aquello que merece ser almacenado en la memoria y aquello que el profesional debe saber buscar, relacionar y aplicar.
A ese cambio tecnológico se suma otro, pedagógico. "El estudiante de hoy no aprende como el estudiante de ayer". Las ciencias cognitivas y del aprendizaje han mostrado, explica Puig, que los alumnos valoran especialmente la posibilidad de aplicar lo que aprenden, participar, repetir, dirigir parte de su aprendizaje y comprobar su propia progresión. Y eso obliga a tocar el corazón mismo del currículo.
Dejar de enseñar en compartimentos estancos
Una de las claves está en abandonar la facultad entendida como una colección de asignaturas que apenas se hablan entre sí. Puig pone un ejemplo deliberadamente sencillo: pulmón, sangre, corazón. "Un tubo es un tubo, bien lleve sangre o bien lleve aire". Si existen conceptos comunes, se pregunta, ¿por qué aprenderlos por separado en neumología y volver después sobre ellos en cardiología?
La alternativa pasa por entrelazar conocimientos y recuperarlos a medida que avanza la formación, cada vez con mayor complejidad. Un concepto básico aprendido durante los primeros cursos reaparece después en la clínica, esta vez aplicado a un paciente y a un problema concreto.
Para que eso funcione, debe existir además coordinación entre quienes enseñan en cada fase. "Es importante que el que te enseñe aquí sepa lo que has aprendido aquí". Esa continuidad longitudinal, asegura, es uno de los elementos cuya importancia ha ido quedando más clara.
El estudiante deja así de ser el destinatario de una sucesión de conocimientos para convertirse en participante activo. Puig lo resume recurriendo a una comparación cotidiana: "Esta es la generación de Amazon. Nadie pide un teléfono para que se lo traigan en seis semanas. Lo quiere mañana".
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