El Grupo de Asesoramiento Científico de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre el Origen de Nuevos Patógenos (SAGO) cuenta por primera vez con participación española: María Dolores Fernández García, viróloga del Instituto de Salud Carlos III (ISCIII). Afronta el reto "con muchísima ilusión, pero también con gran responsabilidad". Supone poder aportar su experiencia "de muchos años en virología, vigilancia e investigación de brotes a una cuestión de enorme importancia para la salud global: comprender cómo surgen los patógenos y cómo llegan a los humanos para prevenir y responder mejor ante futuras amenazas".
La trayectoria profesional de Fernández García combina la investigación en virología con la salud pública y la respuesta a brotes sobre el terreno. Se doctoró en Virología en el Instituto Pasteur de París y posteriormente trabajó durante varios años en el Instituto Pasteur de Dakar en Senegal, donde coordinó actividades de investigación y vigilancia virológica, entre ellas la vigilancia de la poliomielitis. Además, se especializó en microbiología de salud pública a través de un programa europeo coordinado por el Centro Europeo de Control de Enfermedades (ECDC). Como consultora de la OMS, ha participado en la respuesta a brotes de Ébola, fiebre amarilla y Zika en numerosos países de África. "Todo esto me permitió conocer de primera mano la importancia de detectar pronto los primeros casos, obtener y conservar muestras de calidad, interpretar los resultados en tiempo real y coordinar el trabajo entre laboratorios, epidemiólogos y autoridades sanitarias", relata.
Actualmente es científica del Centro Nacional de Microbiología del ISCIII, donde combina la investigación, el estudio de brotes y la vigilancia genómica. "Toda esta combinación de laboratorio, salud pública y experiencia de campo creo que me prepara especialmente bien para el trabajo del SAGO", resalta.
Pregunta.
¿Cuál es el objetivo principal del SAGO y qué papel debe jugar en el panorama sanitario global?
Respuesta.
El objetivo principal del SAGO es asesorar a la OMS sobre los aspectos científicos y técnicos relacionados con el origen de patógenos nuevos, emergentes o reemergentes que puedan tener potencial epidémico o pandémico. Durante su primer mandato, el grupo elaboró un marco global para orientar estas investigaciones de forma sistemática y lo aplicó al estudio del origen del SARS-CoV-2. En esta segunda etapa, deberá asesorar sobre qué estudios e investigaciones conviene priorizar cuando aparezca una nueva amenaza, evaluar la nueva información que pueda aparecer sobre el origen del SARS-CoV-2 y, si fuera necesario, participar en futuras misiones internacionales de la OMS. Su labor es especialmente importante en el panorama actual.
Vivimos en un mundo muy conectado, donde un brote local puede extenderse rápidamente y los cambios ambientales, la movilidad y el mayor contacto entre personas y animales están creando nuevas oportunidades para la aparición y propagación de patógenos. Además, no todos los países cuentan con la misma capacidad para detectarlos e investigar su origen. Por eso necesitamos una metodología común que pueda ponerse en marcha desde las primeras semanas. Si no se recogen y conservan a tiempo las muestras, los datos y la información sobre los primeros casos y exposiciones, algunas preguntas fundamentales pueden quedar sin respuesta. El SAGO puede ayudar a que estas investigaciones sean rápidas, coordinadas, multidisciplinares y basadas en evidencia científica.
P.
¿Hay actualmente algún tipo particular de patógeno o familia de virus o bacterias que preocupe especialmente por su potencial pandémico?
R.
Soy prudente a la hora de señalar un único patógeno o una familia concreta como "la próxima amenaza" porque no podemos predecir qué agente causará una futura pandemia. Por eso, ahora la OMS está impulsando un enfoque por familias, en lugar de centrarse únicamente en una lista de enfermedades o microorganismos concretos. La idea es conocer mejor las características que comparten los miembros de una misma familia y desarrollar herramientas diagnósticas, tratamientos o vacunas que puedan adaptarse con rapidez si aparece una variante nueva o un nuevo patógeno. Hay, por supuesto, grupos que requieren una vigilancia especialmente estrecha. Entre ellos están determinados virus respiratorios, como los de la gripe y los coronavirus, pero también virus como Nipah, Ébola o Marburgo, además de algunos transmitidos por mosquitos u otros vectores.
Ahora bien, como insiste la propia OMS, que estén incluidos entre las prioridades no significa que vayan a ser necesariamente los causantes de la próxima pandemia. Tampoco debemos olvidar las bacterias resistentes a los antibióticos. Es una amenaza con una dinámica diferente, menos asociada a la imagen de una pandemia que se extiende repentinamente, pero de una enorme magnitud para la salud pública. Por eso, creo que resulta más útil preguntarnos qué características pueden hacer peligroso a un microorganismo y qué señales indican que está cambiando, que intentar adivinar el nombre de la próxima amenaza. Podría tratarse de un agente completamente nuevo, pero también de una versión diferente de uno que ya conocemos y estamos vigilando.
P.
¿Cuáles son los principales factores que propician la emergencia y propagación de nuevos patógenos con potencial pandémico?
R.
No existe un único factor. Normalmente, la aparición de una amenaza infecciosa es el resultado de una combinación de circunstancias biológicas, ambientales y sociales. La deforestación, la expansión de las ciudades y de las explotaciones ganaderas, o el comercio y traslado de animales hacen que personas y animales que antes apenas tenían contacto estén cada vez más cerca. Esto aumenta las posibilidades de que un microorganismo que circula en animales consiga pasar a las personas. El cambio climático también puede modificar la distribución de mosquitos, garrapatas y otros animales capaces de transmitir infecciones y favorecer que algunas enfermedades aparezcan en lugares donde antes no circulaban.
Pero que un microorganismo llegue a las personas no significa necesariamente que vaya a provocar una epidemia. Para que consiga extenderse influyen la facilidad con la que se transmite, el grado de protección de la población -ya sea por vacunación o por exposiciones anteriores-, la movilidad y la rapidez con la que detectemos los primeros casos. Si tardamos en identificarlo, puede circular durante un tiempo sin que nos demos cuenta. Un ejemplo es el brote actual de Ébola causado por el virus Bundibugyo. Algunas de las pruebas empleadas inicialmente detectaban el ebolavirus Zaire, pero no esta especie, lo que retrasó la confirmación y el aislamiento de algunos casos. No explica por sí solo la magnitud del brote, pero demuestra que un diagnóstico preparado para un patógeno conocido puede fallar cuando aparece una especie diferente del mismo grupo.
Por eso son tan importantes el enfoque One Health y la vigilancia. La emergencia de una enfermedad infecciosa no empieza necesariamente en un hospital ni en una persona. Puede comenzar en la interacción entre un animal, el medio ambiente y una actividad humana. Aunque no siempre podamos evitar que un microorganismo pase de una especie a otra, detectarlo cuando todavía hay pocos casos puede marcar la diferencia entre un brote localizado y una amenaza mucho mayor.
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