Javier salió de casa aquella mañana convencido de que sería un día más en la carretera. Había tomado el medicamento que le había recetado su médico para aliviar unos fuertes dolores, pero no imaginaba que uno de sus posibles efectos secundarios, la somnolencia, terminaría convirtiéndose en un peligro al volante. Apenas unos kilómetros después, sus reflejos comenzaron a fallar: una distracción, un instante de fatiga y una curva que llegó demasiado pronto desencadenaron el accidente.
El vehículo quedó atravesado en la calzada y Javier tuvo que ser atendido tras el impacto. La investigación posterior apuntó a que el tratamiento que seguía podía haber influido en su capacidad para conducir. Casos como el de Javier ocurren en las carreteras, aunque no nos enteremos, por el simple hecho de quitarle importancia a los efectos secundarios de los medicamentos en el marco de la conducción.
Y es que uno de cada tres conductores habituales reconoce coger el coche bajo los efectos de medicamentos que pueden interferir en la conducción, pero solo el 3% los percibe como un riesgo. Esta es una de las principales conclusiones del estudio Fármacos y Conducción, elaborado por Fundación Mapfre y Fundación Bidafarma, en colaboración con la Dirección General de Tráfico (DGT), el Consejo General de Colegios Farmacéuticos y a través de la consultora Salvetti Llombart.
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