Con la llegada a Estados Unidos de la semaglutida oral primero y del orforglipron después, la disponibilidad de los primeros agonistas del GLP-1 en comprimidos en Europa parece solo cuestión de tiempo. Este nuevo escenario amplía el arsenal terapéutico y facilita un abordaje más individualizado de la obesidad. Sin embargo, más allá de la vía de administración, ¿qué aporta cada fármaco frente a los demás?
"La idea clave es que avanzamos hacia una medicina de la obesidad cada vez más personalizada. Los orales no van a sustituir automáticamente a los inyectables, ni los inyectables dejarán de ser la referencia. Lo que cambia es que tendremos más opciones para ajustar el tratamiento al paciente real: a su perfil clínico, su riesgo cardiovascular, su tolerabilidad, su rutina y sus preferencias", resume Diego Bellido, presidente de la Sociedad Española de Obesidad (Seedo).
Los inyectables, más eficaces
Por el momento, los fármacos inyectables siguen marcando el listón más alto en eficacia. "Los agonistas del GLP-1 orales han dejado de ser una opción menor, pero aún no superan de forma global a los mejores inyectables cuando analizamos el conjunto de la evidencia", señala Bellido. En la misma línea, Fernando Vidal-Ostos, del Área de Obesidad de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN), añade: "No parece que vayan a desplazar a las opciones inyectables más eficaces, sino a ampliar el abanico terapéutico".
Así, mientras la semaglutida subcutánea a dosis de 2,4 mg alcanza pérdidas de peso en torno al 14,9% a las 68 semanas (ensayo Step 1), la tirzepatida logra reducciones medias cercanas al 20,2% a las 72 semanas (en el Surmount-5). "Las diferencias se acortan cuando se incrementan las dosis de semaglutida a 7,2 mg semanales", advierte Bellido (Step Up).
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