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sábado, 26 de diciembre de 2020

"Cuando ya no se puede hacer nada y, sin embargo, hay mucho por hacer"

Opinión
soledadvalle
Sáb, 26/12/2020 - 09:00
Vivencia y percepciones en torno a la eutanasia
La fragilidad y la sarcopenia, unidas a la desnutrición, dan lugar en la persona mayor a un incremento del riesgo de mortalidad, así como de eventos adversos tales como caídas.
El autor pide a la clase política que tramita con urgencia una ley nacional de cuidados paliativos.

Siendo médico residente en 1983 una noche de guardia tuve que presenciar la agonía de un paciente que se ahogaba, dando bocanadas como un pez, ante la mirada impotente del equipo asistencial. Aquello me impactó y me removió. No entendía que la medicina pudiera ser tan inmisericorde. Empecé a buscar y a los pocos años encontré a quienes me reconciliaron con el rostro humano de mi profesión: Jaime Sanz Ortiz, Marcos Gómez Sancho, Xavier Gómez Batiste, Juan Manuel Núñez Olarte, Pilar Arranz, Josep Porta, Pilar Torrubia…, pioneros que introdujeron los cuidados paliativos en nuestro país y fundaron la Sociedad Española de Cuidados Paliativos. De ellos aprendí algo inédito, aún hoy, en muchas facultades de medicina: a venerar a los enfermos que ya no se van a curar, sin tirar la toalla en el último tramo de la vida, cuando parece que ya no se puede hacer nada y, sin embargo, hay mucho que hacer.

A partir de ahí he experimentado que los momentos más memorables de mi práctica profesional los he vivido acompañando la agonía de algunos pacientes junto a sus seres queridos. Me he sentido muy próximo a Daniel Callahan cuando situaba la atención paliativa al mismo nivel que la curación y la prevención.

"Me he sentido muy próximo a Daniel Callahan cuando situaba la atención paliativa al mismo nivel que la curación y la prevención"

En el desarrollo de los cuidados paliativos he sido testigo de una larga marcha de 30 años con muchas batallitas. Recuerdo la derrota de los mitos de la morfina; el final de los trámites para prescribir opioides que tenían que pasar por el gobierno civil, como si dar morfina fuera un delito; las primeras unidades de atención domiciliaria; aquellos legendarios cursos de cuidados paliativos de los años 90, la introducción de los cuidados paliativos en el SNS, etc. Cada paso era como una acción guerrillera que se celebraba como si nos hubieran doblado la nómina. Era la lucha más noble que puede mover a las personas: aliviar el sufrimiento.

Si yo no hubiera vivido todo esto hoy sería un fervoroso partidario de la eutanasia o hubiera abandonado la profesión. Por esta razón escribo estas líneas de agradecimiento a quienes han luchado por esta causa sin cruzar la línea que significa empujar un émbolo dirigido intencionadamente a terminar con una vida, algo que a algunos les parecerá difícil, pero que en el fondo acaba siendo lo más fácil cuando se repite dos veces.

Veo mucha confusión, de la cual me siento en parte culpable por no haber sabido explicar mejor las cosas en mi trayectoria académica. Recientemente un joven colega me argumentaba en las redes a favor de la ley recién aprobada diciendo (sic): “Si la abuelita de la residencia está encamada, demenciada y ulcerada, y necesita cuatro ingresos al año, y dejó por escrito que no se le apliquen más tratamientos, pues me parece bien (esta ley de eutanasia)”. Se recurre una vez más un caso característico que ya tenía encaje en la Ley de Autonomía de 2002 y en el Código de Deontología Médica de 2011. Así se ha construido la opinión pública a la que se apela.

A quien no puedo expresar ningún agradecimiento es a la clase política que ha dejado pasar cuatro legislaturas mareando borradores de leyes de cuidados paliativos para terminar aprobando una ley que no tiene ni un artículo dedicado a aliviar el sufrimiento, y con toda su artillería enfocada a facilitar la muerte de quien sufre. En países con leyes de eutanasia más restrictivas ya se ha aplicado a pacientes con alcoholismo, anorexia mental e incluso a presos. Aquí no vamos a ser menos progresistas, se admiten apuestas. Pero sus señorías no suelen tener problemas para que la propia familia acceda a unidades de cuidados paliativos sin listas de espera.

"El Parlamento tiene la salida honrosa de impulsar con la misma celeridad una Ley de Cuidados Paliativos"

He estado pensado en cómo hubiera afectado la nueva ley en la atención a mi última paciente de 55 años que falleció en su casa con sedación en la agonía, tras una despedida llena de consuelo para todos, que tengo plasmada en una foto de familia que me regalaron sus hijos tras el fallecimiento, y que tengo en mi consulta. Conociendo bien a las personas, la opción de la eutanasia hubiera enturbiado la relación clínica porque probablemente hubiera tenido que intervenir otro médico dispuesto a poner la inyección letal, y no se si en mi centro habría alguien dispuesto.

Auguro que la objeción de conciencia entre los profesionales será importante y generará distorsión en los servicios. No se si será necesario recurrir a equipos externos, aunque es de esperar que la Asociación Defensa de la Muerte Digna colabore altruistamente para evitar que se promuevan negocios en torno a esta ley (actualmente una eutanasia se cotiza a tres mil euros).

"Auguro que la objeción de conciencia entre los profesionales será importante y generará distorsión en los servicios"

Quiero terminar estas líneas con una consideración esperanzada. El Parlamento tiene la salida honrosa de impulsar con la misma celeridad una Ley de Cuidados Paliativos, aunque, por favor, que sea aportando comparecencias de expertos. Es una ley imprescindible que ya tienen prácticamente hecha y que pienso sería aprobada por consenso.

Off Rogelio Altisent, médico y profesor en la Universidad de Zaragoza. Opinión Opinión Off

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