La guerra biológica no es un tema que preocupe excesivamente en estos momentos a los gobiernos de los distintos países; al menos, no lo manifiestan. Sin embargo, la amenaza sigue ahí y, aunque la probabilidad de que se desate un ataque bacteriológico en los próximos meses o años parece bajo, en el caso de que se produjera tendría consecuencias devastadoras.
Una revisión científica publicada recientemente en Frontiers in Bioengineering and Biotechnology aborda los peligros derivados del uso de bacterias como agentes de guerra biológica, centrándose en sus mecanismos de acción, las amenazas epidemiológicas que representan y las estrategias de defensa.
Los agentes bacterianos que suponen una mayor amenaza son los siguientes:
Bacillus anthracis (ántrax o carbunco). Considerado una amenaza significativa debido a su capacidad de formar esporas, lo que le confiere persistencia ambiental. La forma inhalada es la más letal.
Yersinia pestis (peste). Especialmente la peste neumónica, que puede transmitirse de persona a persona a través de gotas respiratorias y tiene una alta mortalidad si no se trata.
Francisella tularensis (tularemia). Una de las bacterias más infecciosas, ya que se requiere una dosis muy baja de organismos aerosolizados para causar la enfermedad.
Hay otras bacterias que en principio algo menos amenazantes, pero que no conviene perder de vista:
Brucella spp. (brucelosis). Causa infecciones crónicas y puede persistir en productos lácteos contaminados.
Clostridium botulinum (botulismo). Produce la neurotoxina botulínica, la toxina biológica más potente conocida, que causa parálisis flácida y fallo respiratorio.
Mecanismos de patogenicidad y evasión inmune
Según la revisión científica, los mecanismos de patogenicidad y evasión inmune de las bacterias infecciosas que las convierten en agentes de guerra biológica son complejos y cruciales para su capacidad de causar enfermedades graves y diseminarse. Estos patógenos comparten una lógica patogénica basada en una entrada eficiente en el huésped, una rápida amplificación en nichos permisivos, una supresión temprana de la detección inmune innata y la progresión a una enfermedad grave mediante la subversión inmune o la acción de toxinas.
Por lo tanto, una característica distintiva de estas bacterias es su capacidad para retrasar o desactivar las defensas de primera línea del huésped, lo suficiente como para establecer una infección sistémica. Este retraso aumenta la probabilidad de que una exposición a una dosis baja progrese a una enfermedad grave antes de que se pueda desplegar una inmunidad específica del patógeno, un diagnóstico o una terapia antimicrobiana.
Los autores del análisis también destacan la habilidad de algunas bacterias de alta amenaza para explotar estilos de vida intracelulares que les permitan reducir la exposición a los anticuerpos y al sistema del complemento, mientras suprimen directamente la señalización inflamatoria. Francisella tularensis es un buen ejemplo de patógeno intracelular con este tipo de poder.
Asimismo, varios agentes con potencial para la guerra bacteriológica reprograman activamente la inmunidad del huésped valiéndose de sistemas de secreción especializados o factores inmunomoduladores. Por ejemplo, Yersinia pestis.
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