Son las tres de la madrugada. En una guardia tranquila por primera vez en horas, un médico termina un informe y abre una pestaña en el ordenador. No busca una dosis ni una decisión terapéutica. Le pide a una inteligencia artificial que le ayude a resumir la evolución de un paciente. Unos segundos después tiene una respuesta pulida, ordenada y aparentemente impecable. El problema es que la IA se equivoca con la misma seguridad con la que acierta.
La escena ya no pertenece a la ciencia ficción. Tampoco a un futuro más o menos cercano. Está ocurriendo hoy. Igual que hace unos años muchos facultativos empezaron a consultar Google entre paciente y paciente o a recurrir a aplicaciones móviles para resolver dudas clínicas, las herramientas de inteligencia artificial se han colado en la rutina diaria de hospitales y centros de salud.
Y precisamente porque ya forman parte del día a día, el Ministerio de Sanidad, en concreto la Secretaría General de Salud Digital, Información e Innovación en el SNS, ha decidido poner negro sobre blanco algunas reglas básicas. Lo ha hecho mediante una guía de orientaciones dirigida a los profesionales sanitarios, un documento que asume una realidad difícil de ocultar: la IA ha llegado para quedarse, pero su utilización exige límites claros.
La primera norma aparece prácticamente desde las primeras páginas y se repite como un mantra a lo largo de todo el texto. La inteligencia artificial nunca puede sustituir el juicio clínico. Puede ayudar, sugerir, analizar, resumir o detectar patrones, pero la decisión final corresponde siempre al profesional. También la responsabilidad.
Puede parecer una obviedad, pero el Ministerio insiste tanto en ello porque sabe cuál es la gran tentación tecnológica de nuestro tiempo: confundir una herramienta sofisticada con un sustituto del razonamiento humano.
La IA ya está aquí
La propia guía reconoce que desde 2024 la inteligencia artificial ha pasado de ser una tecnología emergente a integrarse de forma transversal en numerosos procesos sanitarios. También menciona expresamente la popularización de herramientas generalistas como ChatGPT entre los profesionales sanitarios, cuya adopción se ha producido mucho más rápido que el desarrollo de normas o recomendaciones específicas.
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