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miércoles, 16 de octubre de 2019

“Nuestra especialidad es la más feminista de todas”

62 años, jefe de Ginecología y Obstetricia del hospital bilbaíno de Cruces, recién reelegido como presidente de la Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia (SEGO) y obstetra “de vocación y corazón”, Txanton Martínez-Astorquiza es un testigo privilegiado de la “espectacular evolución” de su especialidad…, pero también del cambio de mentalidad de la mujer española sobre su salud ginecológica.

PREGUNTA. En un momento de cuestionamiento de muchas de las instituciones y organizaciones que nos rodean, parece que las sociedades científicas se libran de la quema
RESPUESTA. Bueno, es un cúmulo de cosas. Para empezar, nos agrupamos en torno a algo que nos interesa especialmente; la afiliación a la sociedad científica es voluntaria, se paga una cuota relativamente pequeña y, además, te brindan servicios básicos como, por ejemplo, la formación continuada, que, en la SEGO, es uno de nuestros principales objetivos como sociedad científica. El médico aprende mucho de su ejercicio diario, pero la ciencia hay que estudiarla, máxime en un campo donde la avalancha de novedades es constante y se exige un reciclaje permanente. Donde más aprendo yo es en la sesión semanal con los residentes.

P. En medio de esa avalancha de novedades, ¿diría que la suya es una de las especialidades que más ha evolucionado en los últimos tiempos?
R. Si le hace la misma pregunta a un cardiólogo o a un traumatólogo, le diría que son las suyas, así que yo hablo por la mía. Yo soy muy ginecólogo, muy enamorado de mi especialidad; de entrada, nuestros pacientes son la mitad de la población, y no de forma ocasional, porque la mujer, desde una edad muy temprana, mantiene un contacto regular con su ginecólogo. Yo siempre digo que nuestra especialidad es la más feminista de todas, porque estamos para defender y cuidar algo tan importante de la mujer como es su salud.

P. Ginecólogo versus urólogo. ¿Cómo ha logrado el primero mantener con sus pacientes la relación fluida y constante que el urólogo no parece lograr con los suyos?
R. Discrepo un poco. La mentalidad del hombre ha cambiado bastante. Yo, por ejemplo, paso por mi urólogo todos los años, y afortunadamente creo que se le está empezando a ver como el ginecólogo masculino, bien es verdad que todavía a bastante distancia. También le digo que a nosotros nos ayuda mucho el perfil medio de nuestra paciente, y no quiero que esto se vea como un halago fácil: la mujer es muy inteligente, y si le explicas las cosas con claridad y honestidad, las entiende muy bien; le gusta cuidarse y cada vez está más informada; y luego, claro, está el embarazo, que crea un vínculo muy especial entre médico y paciente. Yo tengo pacientes de 60 y 70 años que han parido conmigo y luego he atendido a sus hijas, e incluso a sus nietas. Tener pacientes que llevan más de 30 años contigo es inenarrable. Aprendes tanto de ellas que te haces un poco mujer para intentar entenderlas mejor.

La tasa de cesáreas en España es de un 25% en la pública y de un 35% en la privada, entre otras cosas por protección ante posibles demandas

P. ¿Tiene la sensación de que Obstetricia y Ginecología está entre las especialidades más sometidas al escrutinio judicial?
R. Cien por cien.

P. No me diga que entra con miedo en el quirófano o en el paritorio…
R. Yo, personalmente, no, pero me consta que ese miedo, esa preocupación existe, sobre todo en la medicina privada, donde quizá tú eres el único responsable del parto de esa paciente. En la pública, tienes el respaldo de la organización, del Sistema Nacional de Salud, y estás rodeado de un equipo, mientras que en la privada la responsabilidad suele ser más individual. Y un ejemplo claro de eso es la tasa de cesáreas en España: 25% en la pública y 35% en la privada; entre otras cosas, por protección ante posibles demandas, porque el parto vaginal es una apuesta más arriesgada. Para mí, defender a la mujer y ser feminista es apostar por el parto vaginal, aunque, claro, es un viaje más arriesgado.

P. En su dilatada trayectoria profesional, ¿ha notado una evolución en la mentalidad de la mujer española sobre la importancia de su salud ginecológica?
R. Mire, yo empecé en 1983 en Cruces, un hospital que entonces hacía 10.000 partos al año, 7 fórceps por la noche, 3 cesáreas, y atendíamos en general a mujeres multíparas, con 3 ó 4 hijos. De ahí hemos pasado a una sociedad en la que la mujer se queda embarazada por primera vez con una edad mucho más avanzada: la tasa española de primíparas de más de 42 años está ya en torno al 10 ó 12% del total. Sume a todo ello el abrumador salto tecnológico y el cambio de mentalidad de la mujer, empezando por la reducción de la distancia, casi patriarcal, que antes existía entre el ginecólogo y su paciente. Cuando ahora informas a una paciente de su patología, ella muchas veces ya tiene su propia opinión y, en general, bastante bien documentada. La mujer, y la sociedad en general, está bien informada y opina, y las decisiones que tú, como profesional, tomas sobre su cuerpo las tienes que compartir con ella. Ésa creo que es la gran evolución de la relación médico-paciente.

Para convencer a una mujer de que puede tener hijos y ser directora financiera del BBVA, cuando vuelva de su baja maternal tiene que conservar el puesto de dirección en las mismas condiciones que lo dejó

P. ¿La caída en picado de la tasa de natalidad en España sería la parte negativa de la evolución de la que hablamos? ¿A este paso, se quedan sin trabajo?
R. Siempre que hablo con alguien con poder político -y lo hice en su día con el ex ministro de Sanidad Alfonso Alonso- le pongo sobre la mesa este verdadero drama…, e insisto en lo de “drama”. En el País Vasco, la tasa de natalidad por pareja potencialmente fértil es de 0,9. Yo volví al Hospital de Cruces en mi segunda etapa en 2006, y en esa fecha, en todo el País Vasco, atendíamos unos 22.000 partos al año; este año no hemos llegado a los 18.000. Y ya no hablo sólo desde el punto de vista económico, que también, sino de la necesidad de renovar la sociedad.

Txanton Martínez-Astorquiza.

P. ¿Y por qué en el debate de la conciliación se oye tan poco una voz tan autorizada como la de los ginecólogos?
R. La mía se oye alta y clara. Ahora, al padre se le dan ocho semanas tras el parto, y eso, desde luego, me parece fenomenal, pero a quien hay que darle 18 meses es a la madre, que es la que da el pecho y tiene una vinculación biológica con el recién nacido que no se puede sustituir… y además necesita que el jefe de turno no la esté presionando para reincorporarse al trabajo. Para convencer a una mujer de que puede tener hijos y ser directora financiera del BBVA, cuando vuelva de su baja maternal tiene que conservar el puesto de dirección que dejó en las mismas condiciones, con las mismas responsabilidades y derechos, y hasta que las empresas no dejen de ser machistas esto no va a cambiar. Ahora mismo tengo a tres mujeres embarazadas en mi servicio: puedo verlo como un problema o como una bendición, pero la empresa tiene que implicarse para verlo de la segunda forma. Hasta que no nos mentalicemos de esto, seremos un país pobre.

P. ¿En qué medida este nuevo perfil de paciente obliga a actualizar la formación que se imparte al residente?
R. Yo, además de presidente de la SEGO, lo soy de la comisión nacional, y ahora le estamos dando vueltas al programa de Ginecología, fundamentalmente porque somos la única especialidad quirúrgica que sigue con 4 años de formación frente a los 5 de las demás, y nos quedamos cortos, por los cambios de los que venimos hablando, pero también porque se ha patologizado nuestra especialidad: de atender a mujeres fundamentalmente sanas y que se quedaban embarazadas en torno a la treintena, hemos pasado a embarazos de alto riesgo y cada vez más cesáreas, pero también mucha patología añadida (hipertensión, diabetes, estrés laboral…). Y a la labor puramente obstétrica se suma el diagnóstico prenatal, que ya es casi otra especialidad; el diagnóstico de mama, que exige una formación específica; la laparoscopia, la histeroscopia vía vaginal, suelo pélvico, ecografía…, por no hablar de la reproducción, cuyos expertos son auténticos alquimistas. En suma, que hay que convertirse en superespecialista en muchas disciplinas.

“El 98,8% piden la epidural”

Martínez-Astorquiza habla con absoluta franqueza de todos los temas que atañen a su especialidad, por muy polémicos que sean; desde las denuncias sobre la posible existencia de violencia obstétrica -”un tema cuya sola mención casi me ofende”- hasta la tendencia a volver a dar a luz en casa. “He recibido muchas críticas, porque en su día dije abiertamente que no me parecía seguro parir en casa, ni para el feto ni para la madre, y lo matengo. En Holanda o Gran Bretaña hay infinidad de artículos a favor y en contra, pero mi consejo para España, ratificado por el 90% de los obstetras, es que no es seguro, ni siquiera en partos de bajo riesgo. Eso no quita para que luego, en el hospital, tengamos que poner todo de nuestra parte para que el parto sea lo más natural posible”. Y Cruces predica con el ejemplo: “El 68% de los partos se hacen sin episiotomía y sin instrumental; sólo tenemos un 13% de cesáreas, y no le ponemos a nadie la epidural, salvo que la pida. Ahora bien, el 98,8% de las pacientes la piden, y es normal. Antes también te operaban de apendicitis con un palo en la boca y una botella de whisky…”.

También el recurso a las clínicas de reproducción -”totalmente lógico en una sociedad con embarazos cada vez más tardíos”- merece algún matiz por su parte: “Te guardan los óvulos para implantártelos años después, pero lo que nadie te dice es que hablamos de óvulos de una mujer de 30 años que se implantan en una de más de 40, y muchas son ya premenopáusicas, tienen mayor hipertensión, más diabetes, mayores tasas de cesáreas, mayor riesgo de mortalidad… Esto hay que contarlo”.

 

 

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