Dormir peor. Necesitar ansiolíticos para desconectar. Empezar a beber más alcohol. Sentir que el trabajo invade la vida personal hasta deteriorar las relaciones con la pareja, la familia o los amigos. Perder la empatía con los pacientes como mecanismo de defensa. Ninguna de estas situaciones forma parte del aprendizaje clínico. Sin embargo, todas aparecen asociadas al burnout que describen los últimos estudios sobre médicos residentes en España.
Durante años, ese desgaste se asumió casi como un peaje inevitable de la formación sanitaria especializada. Las guardias interminables, el incumplimiento de los descansos, la presión asistencial o la sensación de aprender mientras se sostiene buena parte de la actividad de un servicio se incorporaron al imaginario de la residencia como una prueba de resistencia. El futuro especialista debía soportarlo. Y, si no podía, el problema parecía pertenecer al ámbito individual.
Esa mirada empieza ahora a cambiar. El proyecto de Real Decreto de Formación Sanitaria Especializada, en audiencia pública hasta hoy, 22 de julio, plantea por primera vez abordar la salud mental de los residentes desde la prevención de riesgos laborales. La norma incorpora evaluaciones periódicas de riesgos psicosociales en las unidades docentes, grupos estructurados de apoyo durante la residencia y mecanismos para analizar los casos más graves con un objetivo que hasta ahora apenas había formado parte del debate: identificar las condiciones de trabajo que pueden terminar enfermando a quienes se están formando para cuidar de los demás.
No se trata de una respuesta improvisada. Llega respaldada por una evidencia científica cada vez más consistente. Un estudio publicado en BMC Health Services Research, elaborado por investigadores vinculados a la Organización Médica Colegial y a European Junior Doctors, concluye que prácticamente todos los médicos jóvenes españoles presentan algún grado de burnout y que más de la mitad cumplen ya los tres criterios clásicos del síndrome. Pero, más allá de la elevada prevalencia, los autores llaman la atención sobre algo más preocupante: el desgaste profesional no se queda en el ámbito laboral, sino que se traduce en problemas reales de salud mental y afecta de forma profunda a la vida personal y al ejercicio de la profesión.
Lo que reflejan los estudios, sin embargo, va mucho más allá de una fotografía del agotamiento profesional. El burnout aparece asociado a una cascada de consecuencias que trascienden el ámbito laboral y acaban infiltrándose en casi todas las esferas de la vida del residente.
Quienes presentan el síndrome recurren con más frecuencia a psicofármacos, consultan más a psicólogos y psiquiatras y muestran un mayor consumo de alcohol y tabaco. También duermen peor, perciben una peor calidad de vida y reconocen que el trabajo deteriora sus relaciones personales, desde la pareja hasta el entorno familiar y social. Incluso la alimentación y la vida sexual se resienten conforme aumenta el desgaste profesional.
¿Y la calidad asistencial?
Pero quizá el dato más inquietante no sea ninguno de ellos. La dimensión del burnout más frecuente entre los médicos jóvenes españoles es la despersonalización, un mecanismo de defensa que lleva al profesional a distanciarse emocionalmente de los pacientes, a desarrollar actitudes cínicas o a perder progresivamente la empatía como forma de protegerse del sufrimiento continuado. Cuando ese fenómeno aparece, el problema deja de ser únicamente del médico. También interpela a la calidad de la asistencia.
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